Por tu forma de ser.
Por la forma en que te expresas.
Por tu fortaleza y tu sensibilidad.
Por tu humanidad.
Por el sonido de tus risas.
Por tu sentido del humor.
Por tu voz.
Por tu sonrisa.
Por tus labios.
Por tu ternura.
Porque sí.
Por tu caminar.
Por ese lado infantil.
Por tu cabello.
Por tus miradas.
Por tu sentido de la responsabilidad.
Por la forma en que vistes.
Porque quiero.
Por tus manitas.
Por tu creatividad e imaginación.
Por tus piernas.
Por lo especial que eres para mí.
Ahora, no me vuelvas a preguntar porqué te quiero tanto.
Y esas razones no son todas, claro.
